La cancion del amor

Fernando Márquez – “La canción del amor”

15.00 

Ediciones Barbarroja

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LA CANCION DEL AMOR

(algunas notas sobre su elaboración)

Tras la publicación en 1986 de «Relato secreto» (emitido previamente por Radio Nacional entre el 83 y el 84), estuve pensando en desarrollar una historia mucho más compleja con el personaje de Norman Bates. Me ayudaron, obviamente, los films que ya habían motivado mi anterior obra («Psicosis» y «Psicosis II») más alguna otra imagen paralela (el predicador de «China Blue», por ejemplo), sin olvidar el libro de Sprague De Camp sobre Lovecraft.

El personaje de Malena Bou me fue inspirado en un principio por Concha Gª Campoy aunque, a medida que la Bou ganaba en complejidad y rebeldía existencial, las trazas de la Campoy se difuminaban y en su lugar aparecía la figura de Olga Barrio (a quien siempre he asociado con la «Ligeia» de Poe o con la Budur Peri de la «Heliópolis»jungeriana -por aquello que el propio Jünger calificaba así: «Su saber no era una llave para penetrar en las cosas, sino para entrar en sí misma. La rodeaba como un nimbo, como un vestido cuyos pliegues no hacen sino traslucir la armonía del cuerpo»-).

Los primeros esbozos de la historia del balneario deberían haber dado pie a una narración en colaboración (al modo de algunos cuentos de Lovecraft y sus amigos) pero la incompatibilidad entre los estilos de las otras dos personas encargadas de continuar la trama impidió que el proyecto en común se desarrollase.

Respecto al canibalismo: aparte de que el binomio comida/amor, incluidas sus connotaciones antropofágicas, es algo habitual en mi narrativa, el banquete con Silvana Delirio me fue motivado por dos circunstancias; por una ensoñación recurrente que ya había tocado en mi cuento «Acróstico» (publicado en el fanzine «LA CAMPANA» de Lavapiés a finales del 79); y por la historia del japonés aquel que se preparó unos bistés sacados de las nalgas de su vecina holandesa. Toda la ola caníbal que anega el Hemisferio Norte en los últimos tiempos (Descuartizador de Milwaukee, Hannibal Lecter, troceadores moscovitas, etc), pese a haberla seguido con atención, no ha dejado huella en este libro por ser posterior a sus capítulos más gastronómicos.

Las fantasías obsesivas en relación con el lago Ness surgen tras la lectura del documentado trabajo del profesor Roy P. Mackal sobre el monstruo de marras. En estas visiones recreo mi fijación infantil por los animales prehistóricos, los eslabones perdidos y los fósiles vivientes (fijación que en la adolescencia me llevaría a enamorarme de manera absoluta de los mutantes e híbridos de los cómics «Marvel» -paso éste que acabaría uniendo mi primitiva zoofilia con la inminente aceptación de las doctrinas aristocráticas de Nietzsche, Jünger y Mishima-).

¿Por qué Mankiewicz y no otro director?. Ignoro la respuesta: en mis sueños, «el viejo cineasta» que abría los ojos a Malena Bou era Mankiewicz. Puedo señalar que dos films suyos se me han quedado muy grabados: «De repente, el último verano» y «La huella». También me impresionó bastante el ensayo que Carlos Fernández Heredero dedicó al director.

¿Hay alguna relación entre David Lynch y esta obra?. Presumo que, de manera inconsciente, imágenes de sus films han podido planear por mis ensoñaciones. Sí reconozco a la serie «Twin Peaks» como principal detonante que me animó a retomar y buscar una confluencia para las tres narraciones.

Hablaré un poco sobre el arcángel Adamantis. Se me ocurrió en el verano del 86, en un intento de novela que se truncó a las pocas páginas. Durante el 87, apareció ocasionalmente en mi rincón de «ABC» ejerciendo como ángel custodio del taxista Norman Travis. Al año siguiente, escribí los capítulos iniciales de «Polvo de ángel»(capítulos que, en una primera redacción, fueron emitidos como serial por la emisora de Carabanchel RADIO 10). Como buen arcángel, posee multitud de imágenes con las que soñarlo: esa mezcla de candidez y firmeza que caracterizaba a Grace Kelly antes de convertirse en regia matrona monegasca; la aniñada sofisticación de Morgan Fairchild (mi rubia favorita); la picaresca frialdad de las hermanas Dorleac y Deneuve; y, ya en el 91, en la metamorfosis última del personaje (cuando decide asumirse más como luciferino que como celestial), la malignidad reptiliana de Kirstie Alley.

A Inés, la última Villeneuve, la soñé con el aire de una Greta Garbo ya en la cuarentena (entre «La mujer de las dos caras» y sus primeras fotos de incógnito) que fuese a interpretar a una monja exclaustrada: cabello canoso, sin afeites pero muy hermosa en su madura plenitud…

Respecto a la trinidad de sosias de Claire Bloom, había un montón de imágenes de esta actriz con las que jugar para elucubrar personajes de diferentes edades: la inocencia de «Candilejas», la ambigüedad adolescente de «Los bucaneros», la tórrida ninfomanía de «Confidencias de mujer», el fanatismo de «El espía que surgió del frío», la madura sexualidad de «El hombre ilustrado», la helada serenidad de «Retorno a Brideshead»

Pero no sólo las criaturas del cine y la televisión me inspiraron: personajes como Silvana Delirio, Pili Chevrolet, Tito Astro o Verna Lubkowitz tuvieron su germen en chicas y chicos de la movida que traté entre comienzos y mediados de los 80. Cada cual sabrá reconocerse.

De Evangelista, diré que representa ese hermano que nunca tuve y me hubiera gustado tener: fuertote, un tanto simple en apariencia (discreto en realidad), complementario de mis excesos y carencias. Con una lealtad hacia mí digna de un pastor alemán. Se parece físicamente a Rock Hudson porque este actor, en su imagen juvenil de los 50, es quien más se aproxima a ese hermano ideal: un espacio de salud, de pureza vital, de aire libre en contraste con la enrarecida artificialidad postmoderna.

En cuanto a la abundancia de anacronismos y elementos ancestrales en un cercano futuro, siempre he concebido lo por venir como una posible redención de la Memoria frente a las cadenas del Progreso. De ahí que me atraiga la indefinición temporal (de films como «Eraserhead», «Dune», «Blue Velvet», «Drowning by numbers» o «Delikatessen», de las novelas metafísicas de Jünger o de los cuadros de Magritte) frente a todo tópico tecno-futurista (que me resulta tedioso). Pienso que el único futuro digno de vivirse será aquel que nos permita mirar atrás y recuperar la médula de los recuerdos. Si las cosas no fuesen así, supongo que mi única salida (aparte del suicidio) consistiría en enquistarme como guardián de las imágenes perdidas (al estilo de Edward G. Robinson en «Soylent Green»).

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Weight 150 g